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lunes, 15 de febrero de 2010

El frío modifica la trayectoria de los peces - Pierre Szalowski


Para mi sorpresa, la editorial que me envió este libro decidió mandarme este otro. Sin nada que perder, y ante este título tan poco frecuente y sin duda llamativo, decidí leerlo.

Las hojas pasaron entre mis dedos sin apenas darme cuenta y, antes incluso de pensar en ello, un niño de 11 años me estaba contando que sus padres se iban a separar. Él, como es normal, no quería que lo hicieran, así que pidió al cielo que le ayudara, aunque sin muchas esperanzas de que le escuchara porque "yo era tan pequeño, y él era tan grande..."

Para su sorpresa, empezó a caer hielo del cielo, que cambió la vida de todos los vecinos de su vecindario, y no sólo la suya.

Es sorprendente, y yo todavía me lo sigo planteando, la forma en la que podemos convivir las personas sin realmente conocernos unas a otras. Este libro demuestra que la apariencias no son nada, y que los vecinos (o las personas de nuestro alrededor) pueden ser algo que ni siquiera nos habíamos planteado que pudieran ser.

Y es que, con el frío las personas (o los peces) cambian su trayectoria y se juntan con los de su entorno para entrar en calor, cambiando por completo su ruta, y vida, anterior.

Es una historia con la que no puedes evitar quedarte con una sonrisa boba en los labios

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿dónde has estado todo este tiempo?



Estaba sentada en la parada del autobús, la música me llegaba a los oídos a través de los cascos, aislándome del ruido exterior. El frío conseguía traspasar las barreras de ropa y llegaba a mi piel, mientras que mi respiración formaba una nube de vaho delante de mis ojos. Con las manos en los bolsillos veía a la gente pasar.


- ¿A dónde irán?


Un aroma inunda mi nariz, es el perfume de la persona que acaba de pasar, el latido de mi corazón se acelera un segundo, no quiero mirar, pero no puedo dejar de imaginarme como es ¿no dicen que el aroma de las personas dicen mucho de ellas?


Cierro los ojos un momento, respiro profundamente mientras intento disfrutar del frío sobre mi piel, ese frescor que despierta tus sentidos, que los pone alerta para luego ir adormeciéndolos. Un escalofrío me recorre de los pies a la cabeza. Empiezo a sentir fría la nariz, la entierro entre los pliegues de la bufanda, buscando algo de calor.


Vuelvo a abrir los ojos y sigo con la mirada, casi hipnotizada, la gente pasar. Mis pensamientos empiezan a volar, comienzan por lo que veo, lo que siento, para luego irse más lejos, muy lejos en el tiempo, para volver otra vez.


Una nota discordante me hace despertar de este estupor, muevo la cabeza, con intención de escuchar qué es lo que me distrajo a pesar de la música que golpea mis oídos.


Miro a mí alrededor ¿cuánto tiempo habrá pasado? Nadie se ha dado cuenta de nada, veo la misma expresión que debería haber tenido reflejada en sus rostros. Algunos hablan entre ellos, buscando entrar en calor, pero la mayoría permanece en un estado de semiinconsciencia, con la mente muy lejos de esta fría parada.


¿Cuánto faltará para que llegue? A penas pronuncio esto en mi mente, hace su aparición. La gente va despertando lentamente de su sueño y se dirigen, todavía somnolientos, hacia la puerta.


Otra vez ese olor. No quiero mirar, sólo veo una espalda acompañada con una mochila. Respiro profundamente para que su aroma se quede en mi memoria. Lentamente subimos al cálido interior.


Ya dentro, el recuerdo del perfume abandona mi mente por un segundo. Una mano aparece entre los asientos y agarra la mía. Me giro sorprendida y nuestras miradas se cruzan.


- ¿dónde habías estado todo este tiempo?

martes, 8 de septiembre de 2009

Érase una vez...

Érase una vez una pequeña niña. No sólo lo era por su corta edad, sino por cómo se sentía ante los demás.

Se sentía tan pequeña que decidió no pronunciar palabra cuando había gente a su alrededor pues, pensó:

—Por muy alto que hable no llegarán a escuchar mi voz. Están tan lejos de mí que apenas la sentirán como un molesto zumbido que, sin duda, espantarán. —

Así pasaban los días, sin que nadie la escuchara hablar, a medida que iba encogiendo se sentía más y más sola en su mundo particular. No tenía a nadie con quien jugar, no le escuchaban hablar, las palabras que devoraba en los libros no eran consuelo suficiente.

Un día, cansada ya de toda esta soledad, decidió proteger su inseguro corazón contra las críticas y empezó a hablar. Sus primeras palabras fueron tímidas, a penas un suspiro, pero empezó a confiar más en sus palabras y fue elevando la voz.

Todo le empezó a ir mejor, pero no se sentía del todo feliz.

— ¿Era esto lo que buscaba?— pensó — ¿estar rodeada de gente pero no tener a nadie en mi corazón?

Las personas iban y venían de su vida, pero ninguna le marcó.

¿Qué era lo que le faltaba? Eso mismo me pregunto yo.