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lunes, 15 de febrero de 2010

El frío modifica la trayectoria de los peces - Pierre Szalowski


Para mi sorpresa, la editorial que me envió este libro decidió mandarme este otro. Sin nada que perder, y ante este título tan poco frecuente y sin duda llamativo, decidí leerlo.

Las hojas pasaron entre mis dedos sin apenas darme cuenta y, antes incluso de pensar en ello, un niño de 11 años me estaba contando que sus padres se iban a separar. Él, como es normal, no quería que lo hicieran, así que pidió al cielo que le ayudara, aunque sin muchas esperanzas de que le escuchara porque "yo era tan pequeño, y él era tan grande..."

Para su sorpresa, empezó a caer hielo del cielo, que cambió la vida de todos los vecinos de su vecindario, y no sólo la suya.

Es sorprendente, y yo todavía me lo sigo planteando, la forma en la que podemos convivir las personas sin realmente conocernos unas a otras. Este libro demuestra que la apariencias no son nada, y que los vecinos (o las personas de nuestro alrededor) pueden ser algo que ni siquiera nos habíamos planteado que pudieran ser.

Y es que, con el frío las personas (o los peces) cambian su trayectoria y se juntan con los de su entorno para entrar en calor, cambiando por completo su ruta, y vida, anterior.

Es una historia con la que no puedes evitar quedarte con una sonrisa boba en los labios

martes, 8 de diciembre de 2009

¿y los sueños?


No hace mucho, mis pasos y, quizás, mi mente, vagaba a su aire por tierras del norte. Era un paisaje hermoso, sencillo, sin llegar a ser abrumador.

Hiciera lo que hiciese, siempre acababa allí. Por mucho que intentara desviar mi camino, siempre sería mi refugio. Me protegía de las malas lenguas, de los insultos, de las sombras del pasado que no dejaban de perseguirme. Su sencillez me envolvía, su verdor me resguardaba e inspiraba palabras que quedaban registradas y nunca se olvidaban.

Era más antiguo que el tiempo y contaba su propia historia. Narraba los primeros días de la Tierra, sus primeros pasos en la evolución, innumerables batallas de hombres enfurecidos por su país, romances...¡Ay, cuántas historias de amor!

Al cerrar los ojos oigo el susurrar del viento, el sonido, muy lejano, de los pájaros, y a mi vera, el discurrir de un pequeño riachuelo.

Una corriente de aire frío me hace despertar, tengo que apurarme. Con esto en mente continúo mi camino. Ya no estoy tan absorta en mis pensamientos, por lo que no me cuesta mucho percibir que ya no estoy sola. El aire ya no es el mismo y me apremia a ir más rápido.
El paseo se convierte en una carrera en un abrir y cerrar de ojos. Una sensación de inquietud recorre mi cuerpo de pies a cabeza. El impulso de girar la cabeza y mirar a mi perseguidor es superior a mis fuerzas, pero intento contenerme. No me beneficiará hacerlo, sólo conseguirá retrasarme.

Cuando el sol comienza a esconderse tras las colinas y las sombras aumentan de tamaño consigo meterme en una de ellas. Ya abandonado el camino principal, continúo campo a través, por un sendero invisible bajo la maleza.

No temo perderme, pues conozco el bosque como la palma de mi mano, pero la noche cambia los sitios y hace perderse al más novato. A pesar de mi maniobra no consigo despistarle, me sigue con pies de plomo y sin ninguna consideración hacia mi.

Cada vez lo siento más cerca, ya no hay escapatoria, mi respiración se acelera debido al esfuerzo, y mi confianza se debilita.

Parece que ya no podré huir mucho más, mis piernas me recuerdan que tengo un límite de resistencia.

Finalmente, la realidad me alcanza y mi sueños,...de mis sueños sólo queda la huella que yo misma imprimí sobre el papel.

martes, 8 de septiembre de 2009

Érase una vez...

Érase una vez una pequeña niña. No sólo lo era por su corta edad, sino por cómo se sentía ante los demás.

Se sentía tan pequeña que decidió no pronunciar palabra cuando había gente a su alrededor pues, pensó:

—Por muy alto que hable no llegarán a escuchar mi voz. Están tan lejos de mí que apenas la sentirán como un molesto zumbido que, sin duda, espantarán. —

Así pasaban los días, sin que nadie la escuchara hablar, a medida que iba encogiendo se sentía más y más sola en su mundo particular. No tenía a nadie con quien jugar, no le escuchaban hablar, las palabras que devoraba en los libros no eran consuelo suficiente.

Un día, cansada ya de toda esta soledad, decidió proteger su inseguro corazón contra las críticas y empezó a hablar. Sus primeras palabras fueron tímidas, a penas un suspiro, pero empezó a confiar más en sus palabras y fue elevando la voz.

Todo le empezó a ir mejor, pero no se sentía del todo feliz.

— ¿Era esto lo que buscaba?— pensó — ¿estar rodeada de gente pero no tener a nadie en mi corazón?

Las personas iban y venían de su vida, pero ninguna le marcó.

¿Qué era lo que le faltaba? Eso mismo me pregunto yo.